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Ojo con el marketing nutriocional

Ojo con lo que dice el empaquetado de ese producto que vamos a comprar. En ocasiones, un excesivo reclamo publicitario sobre las cualidades nutricionales de un producto nos debe llevar a dudar de su composición. Todos los productos deben contener una rigurosa tabla nutricional además del conjunto de los ingredientes en orden de cantidad. Es decir: si nos topamos con que nuestro cacao en polvo habitual inicia el listado de ingredientes por el azúcar, es que es el que contiene en mayor cuantía. El problema radica en que el llamado “marketing nutricional” no necesariamente miente, sino que juega con el lenguaje para hacernos pensar que estamos comprando un producto más saludable. Estos son algunos de los ejemplos:

Ojo con el “sin azúcar añadido” de los zumos.

Tomar fruta siempre es bueno y, al natural, es la mejor manera en que podemos consumirla. Si vamos a optar por los zumos, el ideal sería prepararlos en casa a partir de fruta fresca. Pero si vamos a consumirlos ya envasados, tenemos que saber que, incluso cuando dicen “sin azúcar añadido”, ya contienen otras fuentes como la fructosa y, según la fruta, puede que en gran cantidad.

Ojo con el “sin gluten”.

Por algún extraño motivo se ha extendido la falsa creencia de que el gluten es malo en nuestra dieta o que provoca problemas digestivos. Salvo para los casos de personas que padezcan celiaquía, el gluten no nos plantea problema alguno en la alimentación. Más aún, es una de las fuentes de energía que la humanidad ha utilizado desde sus orígenes, puesto que está documentada la utilización del trigo entre otros granos desde el principio de la prehistoria.

Ojo con reclamos como “con fruta” o “con vitaminas”.

Nos encontramos ante un llamativo paquete, a la altura de los ojos de nuestros hijos, decorado con divertidos muñecos, que ofrece algún tipo de producto para el desayuno. El marketing nutricional destaca algún contenido del producto que se incluye en una cantidad mínima, pero suficiente para poder utilizarlo como reclamo. Por ejemplo, se indica que se elabora con fruta natural pero no se especifica la cantidad ni el tipo de procesado. O se recalca que tiene vitaminas sin decir en el frontal del producto en qué cuantía.

Ojo con los “0% de grasas”.

La cruzada emprendida contra las grasas en las décadas precedentes ha quedado en parte desmontada gracias a los numerosos estudios que demuestran que, ni las grasas son tan malas, ni todas las grasas son malas. Sin embargo, en el subconsciente comunitario se nos ha quedado grabado el mensaje de que el “0% de grasas” es más sano. El problema es doble: no solo porque en ocasiones perdemos grasas que nos benefician, como las de los lácteos, sino porque cuando la industria alimentaria retira la grasa de un producto, suele añadir azúcar o edulcorantes para potenciar el sabor, y eso no se incluye de manera visible en el etiquetado.

Ojo con el “bio” y el “producto natural”.

Aunque en nuestro país existe una extensa regulación de la utilización de términos como “bio” o “biológico” en el “marketing nutricional” (incluso obligó a algunos famosos productos a cambiar su nombre comercial), corremos el riesgo de caer en la tentación de comprar determinados productos que, si bien son realmente biológicos o naturales, no muestran una marcada diferencia nutricional con otros sin la etiqueta salvo en el precio, a veces muy superior. Naturales son la mayoría de los productos frescos que compramos en un mercado y no necesitan este reclamo para que conozcamos sus virtudes.

El producto fresco: garantía de calidad

Pensemos por un momento en un pequeño tetrabrick de 200ml. de zumo con pajita incluida. Parece una buena solución para que nuestros hijos tomen algo de fruta en el patio del colegio.

Ahora pensemos en otra opción: viene envasada desde su origen, es fácil de consumir y no tiene ningún ingrediente añadido porque se conserva sin problemas dentro y fuera de la nevera: es una mandarina, un plátano o una manzana. La clave de una alimentación sana es más sencilla de lo que parece: cuantos más productos frescos se consuman, mejor. Si nos paramos a pensar, son los únicos que no necesitan un etiquetado especial para “vendernos” sus cualidades. El producto fresco es garantía de calidad y una alimentación completa y equilibrada, el mejor seguro de vida.

 

Este artículo fue publicado originariamente en la revista Hacer Familia.

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